Decía el hermano Presidente: “Y es que mil cosas bonitas van a pasarte esta noche”.

Lo que él no sabía es que desde el Jueves, de apellido Lardero, llevaban pasando cosas muy bonitas dentro de estas cuatro paredes. Y en ese momento se refería a mí, pero por mi cabeza, que ni me imaginaba que se estaba dirigiendo hacia mi persona, pasaban todos y cada uno de los rostros que estábamos aquí presentes. Porque es cierto, mil cosas bonitas pasaron esa noche.

Algunos privilegiados tuvisteis la oportunidad de veros y abrazaros desde bien temprano, pues se desarrolló el tradicional almuerzo del Primer Sábado de Cuaresma al que solo asisten los hermanos del Cuartel, sin invitados. Otros no tuvimos tanta suerte y nos unimos más tarde. En mi caso, me encontré con el resto en la Plaza España, frente a la Iglesia de San José, pues veníais de hacerle una visita al hermano José Ramón (Román para los amigos).

Y una vez llegados a nuestra Casa, sonó el llamador, ese que nos avisa de que, efectivamente, “mil cosas bonitas van a pasar esta noche”. La mesa rebosaba de alegría, los brindis y las risas fueron incontables, los cánticos, las cuarteleras. Y las intervenciones. La Sentencia tiene esa capacidad de hacerte pasar de la broma a la seriedad en un segundo. Y de repente, en la mesa solo se oye el silencio y las palabras de un hermano:

El reloj de arena se paró, -haciendo un gesto sobre la mesa como si el reloj de arena se tumbara horizontalmente- pero hoy le hemos dado la vuelta -volviendo a poner el reloj de pie-. Y parece que el tiempo no ha pasado. (Palabras del hermano Rigo)

Pero sí ha pasado mucho tiempo. Y llegó la subida a Jesús, ahora con sus vasitos de plástico y sus bromas correspondientes. Y hombre, todo hay que decirlo, los brindis no suenan igual… A la bajada, un tentempié en nuestra barra y de nuevo al salón. Vestido de gala, con la mantelería que nos regalaron nuestras madres, precisamente justo antes de que el mundo se paralizara. Volvieron las intervenciones, las palabras de amor de unos hermanos hacia otros, de nostalgia, de futuro. Y también pasó que tuve el enorme honor de ser el encargado de bajarle la primera pata a nuestra querida Vieja. A partir de aquí no sé muy bien cómo expresar que pasó. Sorprendido y muy muy feliz me dirigí al atril para agradecer, si es que se puede agradecer lo suficiente, lo que significa descolgar una pata en La Sentencia. Harían falta 7 viejas, no 7 patas, para ser justo con los corazones que componen la Corporación. Por eso me hallo escribiendo estas palabras, para intentar agradecer y estar a la altura de lo que supone la, ya bautizada, Terapia Sentencia para cada uno de nosotros.

Gracias por ayudarme a ser mejor persona, mejor cristiano y mejor compañero.

Familia, esto es necesario, y como ya dije, hay que vivirlo sin miedo. Y que nadie nos haga pensar que estamos obrando mal. No voy a decir que esto ya no hay quien lo pare, porque, demostrado está que nunca se sabe. Pero si el mundo vuelve a pararse, hermanos, que nos pille aquí.

¡Viva vuestro grupo! ¡Viva La Sentencia! ¡Y que viva la vida!

«…gracias por ayudarme a ser mejor persona, mejor cristiano y mejor compañero….”

David Bascón Esojo

Hermano de la Corporación

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